Las fotos no se observan: se habitan.

Por eso elijo guardarlas para ustedes.



Porque el amor no se posa: se vive. Y lo mío es estar ahí, cerca, cuando pasa de verdad. Me quedo con lo real —la risa que se escapa, la lágrima que nadie planeó, la mano que busca la otra mano— y con esa forma única que tienen de quererse, que no se parece a ninguna otra.
Quiero que dentro de muchos años vuelvan a estas fotos y sientan, otra vez, exactamente lo de ese día. Porque cuando conectamos del otro lado de la cámara, esto deja de ser un trabajo y se vuelve un privilegio.

¿Te gustaria que cuente tu historia?